jueves, 19 de febrero de 2009

LA LÁMPARA DE ACEITE

Bajo el sol del mediodía, un senderillo de angosta figura se abrazó al posesivo calor retenido en el aire. A unos pocos metros de distancia, recorría unos surcos húmedos, un turbio canal de regadío; alimento insaciable de los viejos sauces. La maleza dormitaba al son del susurro esparcido por la brisa y unas manos de labores y grietas, se entrelazaron y se cortejaron bajo la presión sudorosa.
De pronto la quietud del campo estalló.
- ¿Quiénes son ustedes? Preguntó de un salto, el hombre asustado.
- ¡ Levántense y pongan sus nalgas perezosas a caminar! - Respondió una voz áspera y ronca.
- ¡Juan!, susurro la mujer, ¡mejor es hacer lo que ellos dicen! Y se fueron a prisa, presionados por unas varillas que el hombre les enterraba en sus espaldas. Los matorrales apretados que cubrían el sendero, iban a la par tatuando las curtidas piernas descubiertas. Así fueron conducidos hasta un establo abandonado.
- ¡Entren! Les gritó un hombre gordo, de bigotes delgados y de un empujón los mandó a aterrizar sobre el heno esparcido en la tierra. Cercano a la puerta se encontraba un banquillo y sobre él, se vislumbraba una empolvada lámpara de aceite, con su mecha blanca y el interior vacío.
- ¡Acuéstate! Levantó la voz una mujer de aspecto desgarbado, al ver que Juan, comenzaba a reincorporarse de su inevitable caída. En ese instante, el hombre de bigotes, dio un salto inesperado y se abalanzó sobre él, propinándole un certero golpe que lo dejó sin sentido. El sujeto aprovechó ese instante para abrirle la boca con sus dedos macizos. En seguida puso sus labios sobre los de Juan y aspiró su aliento, hasta el punto en que Juan perdió el color que contiene la vida.
- ¿Qué le hacen a mi Juancho? Gimió la mujer aterrada, mientras el miedo recorrió sus ojos atónitos.
- ¡Cállate! Sentenció la voz cortante, que estaba junto al agresor. Y le clavó una mirada amenazante.
La mujer lloró y se desvaneció.
Juan se había quedado dormido a los segundos, los minutos, a la vida.
El hombre de bigotes se puso entonces de pie y acercándose con cuidado a la lámpara de aceite, la tomó entre sus manos insidiosas y puso sus labios sobre la boca de la botella para insuflar en su interior, el aliento extraído. A medida que lo iba depositando dentro de la vasija, esta se fue llenando de un líquido aceitoso color ocre. Seguido, su compañera sacó del bolsillo de su pantalón, una caja de cerillos y prendió la mecha. Ambos contemplaron satisfechos el resplandor de la luz.
Después de un rato, salieron del viejo establo y se fueron caminando bajo sol por el campo hacia los cerros.
La mujer abandonada, le lloró al establo, le lloró a la tierra confundida con el heno y al cuerpo tan amado de Juancho, que tantas veces le había cantado coplas, bajo las sombras de los viejos sauces.
Mientras la mecha permaneciera encendida, Juan aún estaría de alguna manera junto a ella.


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LA BAÑERA REDONDA


Era verano, el calor se hacía insoportable, mientras Renato se refrescaba en una bañera redonda. Ahí dejó que su cuerpo se diluyera en el agua con libertad, aunque su mente recorría sin tregua las obligaciones cotidianas que acapararon la totalidad de su tiempo. Tantos años de estudio, exceso de trabajo y una responsabilidad asfixiante lo acobardaba en sus secretos más íntimos.
La familia siempre le exigía un sueldo el veintiocho de cada mes; y no podía haber contratiempo. A su mente no le era permisible un derecho a vacaciones. En su campo laboral, el mundo dependía de él. Si hubiese existido un momento de distracción, otro habría ocupado su puesto. No quedaba espacio para los sueños y la fantasía, para el poeta o el místico. El tiempo se desgastaba entre papeles, llamadas, citas, estrategias y de vez en cuando un abrazo sexual a su mujer, en seguida un beso, media vuelta en la cama y un “buenas noches, tengo sueño”.
Así transcurrían las horas y los días.
En un pabellón de parto de ese intenso verano, una joven mujer gemía.
- Puja niña - dijo una experimentada matrona, - puja, puja, que ya viene. ¡Pero si es un niño! – Y se escuchó el llanto de un recién nacido.
-¿ Y cómo se llamará tu hijo?
La joven mujer le contestó con la voz aún muy débil – Renato, Renatito- y entonces lloró junto a su niño recién parido, que desde su primer respiro comenzó el olvido de su tibia bañera redonda.



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miércoles, 11 de febrero de 2009

LA AMIGA


A veces Pilar se cuestionaba acerca de lo curioso que pueden llegar a ser los seres humanos en esas tantas idas y venidas que transitan la vida con sus aparentes casualidades. Recordó el día en que se encontró con la Guillermina Pérez, hace ya unos cuantos años atrás en Fort Lauderdale, Florida. Ahí estaba ella con un par de amigas atareadísima en compras de cursilerías finas con el fin de importar exclusividades para su selecta clientela. Ella obtenía al parecer un buen dejo de ganancias lo cual le resguardaba un pasar bastante digno para una mujer separada, con dos hijos que mantener y un ex marido económicamente ausente.
Según recordaba, la Guille fue la única confidente que tuvo durante la adolescencia hasta terminar la educación escolar. Después llegó el verano y se perdió todo contacto cuando su padre fue trasladado a Iquique. Volviendo atrás, aquel encuentro en Florida fue una coincidencia emocionante; era la segunda vez que se topaban por esas tierras lejos de la patria. Se abrazaron interminablemente e intercambiaron unos minutos de conversación. Ese día, Pilar se quedó con la sensación que a su amiga la vida le sabía perfecta, sus proyectos financieros estaban en su mejor momento y eso era suficiente para llenar cualquier espacio y expectativa que la Guille tuviera sobre sí misma. Era, según sus propias palabras, una mujer triunfadora y feliz.
Hace un año atrás se volvieron a encontrar. En esa ocasión la sorpresa se presentó en una consulta médica. Ahí estaba la Guille nuevamente, con su clásica figura, su desplante y esa arrogancia de buena cuna y esa voz profunda y grave que no le autorizaba pasar inadvertida. Por cierto nunca se llamaron ni hubo intento de hacerlo, tampoco existió la más mínima recriminación por ello. Se saludaron ese día como cada encuentro. Mucha era la casualidad, aunque Pilar para ser franca parecía no creer en ellas. Tampoco era el momento de pensar en eso, el instante sólo acogía la resonancia de los abrazos, los besos, las miradas de reconocimiento y de vuelta a los abrazos y a los besos. Después de aquel primer impacto, entablaron una íntima conversación, la figura principal del diálogo fue la Guille con sus altos y bajos. Ese día se ubicaba en el bajo, -las cosas ya no marchaban como antes-, las ventas y los viajes no eran posibles por una enorme deuda impaga y el tiempo de abundancia era sólo parte del pasado.
La encontró en esa ocasión con un trajecito de secretaria, un sueldo muy bajo para su estándar de vida y una ilusión desbordante de elevarse nuevamente, su esperanza la escondía en su cajón de escritorio, ahí esperaban unas cartillas de apuestas y juegos de azar. A Pilar le llamó la atención el observar como el futuro de su amiga había dejado de depender de sí misma, de su fuerza interior, de esa seguridad y desplante que en su juventud tanto admiró. - Pobre Guille- pensó. Esa tarde la compadeció y se compadeció a sí misma por observar tal debilidad.
Ya de noche en su hogar, recibió una llamada telefónica. Era Caco, el hijo mayor de la Guille, al que le calculó unos doce años sólo por referencia, no había tenido oportunidad de conocerlo. – Srta. Pilar- le dijo, - soy hijo de la Sra. Guillermina Pérez, ella se siente muy abatida y me pidió que la llamara para solicitarle si puede venir a casa. Necesita conversar con usted urgentemente.
Pilar se vistió con cierta prisa y salió en dirección al domicilio de su amiga. Deben haber transcurrido unos cuarenta minutos cuando presionó el timbre del departamento en un lujoso barrio residencial. Le abrió la puerta un jovencito de pelo colorado que evidenciaba el comienzo de la pubertad.
– Pase, adelante, por acá esta el dormitorio -. Pilar entró con cierta curiosidad y preocupación, se sentó junto a su amiga, le miró los ojos que le parecieron ajenos a la realidad. –Hola, ¿qué te sucedió?- le dijo la recién llegada.
– Pili- contestó la mujer, necesito que me ayudes. Tú ya sabes que he gastado el poco dinero que me quedaba para terminar el mes en las cartillas de juegos, esas que te mostré esta tarde. Después de hablar contigo me ha bajado una angustia tremenda; el dinero que me queda sólo alcanza para mañana y tengo pánico de no tener para mis hijos -. Obviamente esas palabras bastaron para remover el corazón de Pilar que se involucró con rapidez y sin hacer razonamientos. Le tomó las manos y estructuró en el acto un plan de rescate para ayudar a su antigua amiga. Esa noche Guillermina quedó un poco más tranquila al saber que no enfrentaría sola el problema.
Al día siguiente Pilar la acompañó al banco y pagó alguna de sus deudas, luego le compró víveres para una semana y finalmente le hizo un préstamo en efectivo hasta que se arreglaran sus finanzas.
Al poco tiempo volvió a visitar a la Guille y la encontró felizmente recuperada, había renunciado a su puesto de secretaria y se encontraba de vuelta en sus viajes e importaciones de cursilerías americanas. También se enteró que el dinero que le otorgó en préstamo se fue derecho a las arcas de los juegos de azar pero que la suerte la había favorecido con un gran acierto. Después de exponer sus nuevos logros, la Guille se comprometió a devolverle el dinero en dos o tres días a más tardar.
Bueno, el final de este cuento es que Guillermina Pérez después de ese día nunca la llamó y por supuesto no hubo devolución de dinero, pero como se dijo al comienzo de este relato acerca de lo curioso que pueden llegar a ser los seres humanos en esas tantas idas y venidas que transitan la vida y sus aparentes casualidades, las dos amigas se volvieron a encontrar a los pocos meses en un céntrico supermercado, se acercaron y saludaron de forma cotidiana. Pasado los besos y abrazos, Pilar le contó que estaba enfrentando un apuro económico y que hiciera el favor de devolverle a la brevedad el monto adeudado. En ese momento Guillermina la miró de pies a cabeza y le comentó a sus dos elegantes acompañantes, -¡cómo son algunas de estas mujercitas, creen que porque uno las conoce de saludo, tiene el deber de hacerles préstamos y favores para solucionarles la vida, como si para uno fuese regalada! -. Se dio media vuelta y girando sobre sus altos tacones se fue.
Pilar se quedó un rato en ese lugar, pensando en esas extrañas casualidades, en la pérdida del préstamo que hizo y la tremenda vergüenza.



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KARMA

Hace ya bastante tiempo que Juan investiga acerca del proceso de muerte, instante en que una supuesta alma abandona el cuerpo, (él no piensa que sea supuesta, pero siempre se refiere de esa manera para dejar abierta la posibilidad a quien perciba de forma diferente ese momento) en especial aquellas salidas abruptas de la vida.
Con el tiempo, Juan ha llegado a pensar que quienes no caminan en esta existencia con una actitud armónica, son arrebatados súbitamente de la vida en un corte rápido e intenso, pero con una tremenda carga pos – muerte: la confusión. Una desagradable confusión en que dos realidades se mezclan y dan origen a una especie de locura atemporal. Juan sabe que estos cuestionamientos no son propios de este tiempo. Ya antes de la era cristiana, grupos de hermandades secretas y eruditas hablaban de estas experiencias de muerte al abandonar una encarnación con algo pendiente. En fin, a raíz de estas controversias Juan al igual que otros contemporáneos suyos, comienza sus estudios con algunos maestros. De ellos recibe en otras cosas, letras, no cualquier letra, sino letras sagradas, una fuente invaluable de energía llena de alquimia, sabiduría y oraciones. Con ellas se decide a trabajar para elevar a las almas que se encuentran en ese crucial momento. Desde hace años cada mañana el hombre canta sus mantras y ocupa sus letras para conectarse con el ángel que guía a los muertos. Él considera que el problema más difícil de solucionar es el que corresponde a aquellas almas que salen repentinamente del cuerpo. Ciegos de entendimiento, no logran reconocer el camino y vagan por el caos de la confusión.
Hace algunos días Juan tiene una nueva experiencia extra sensorial. Un personaje público es víctima de un infarto cerebral quedando por algunos días con un coma profundo. Juan al mirar su imagen a través de la prensa comprende que a pesar de todas las esperanzas de su medio y cadenas de oración, el joven no tendrá una segunda oportunidad. Al principio se molesta al ver en el rostro del moribundo demasiadas máscaras que no le permitieron llegar a su rostro. A los dos días el joven muere.
Esa tarde mientras Juan aún está ocupado en sus letras, por alguna extraña circunstancia, divisa al joven recién fallecido. Él ha sido transportado a su realidad o viceversa, esto no le queda claro, pero no parece de importancia frente a la sorpresiva situación. Pasado el temor inicial, ambos comienzan a compartir pensamientos; Juan pone a su disposición todo su caudal de conocimiento para hacer entender al joven su estado actual y que debe partir.
Pasan un largo momento juntos en que el fallecido comienza pausadamente a ordenar los últimos acontecimientos antes de morir. Poco a poco su conciencia empieza a relacionar las extrañas vivencias que ha tenido en las últimas horas, hasta que el velo de la inconsciencia queda totalmente descorrido. Es en ese instante que de manera involuntaria son trasladados frente a una puerta y una gran escala (Juan sabe que muchos ya han nombrado la famosa escala, sería interesante para él tener otro elemento más creativo para compartir a su vuelta, pero eso es lo que ve). El joven de pie frente a ella, y ya consciente de su muerte, está listo para comenzar el ascenso. Ahora se le ve radiante, desde arriba hace señas de despedida con su rostro sin máscaras. Juan debe abrir la puerta y salir de ese lugar cuanto antes, él sabe que no pertenece ahí. Para su sorpresa detrás de la puerta y antes de que alcance a salir lo espera una compañera de estudios paranormales que de alguna forma se las ha ingeniado para colarse en ese portal de no tiempo y no espacio. Ella parece estar ávida de conocimiento y poder, obviamente quiere ingresar y registrar esa dimensión. En ese lugar ambos forcejean uno por cerrar y la otra por abrir, mientras en ese no espacio común de muerte se vienen acercando hasta ellos sombras espantosas y deformes. Juan empuja a la mujer con firmeza y alcanza a cerrar justo a tiempo. Desde atrás, las sombras aberrantes le gritan maldiciones. Él se va más tranquilo cantando sus letras sagradas, gracias a Dios, ellas no han traspasado a su mundo y la puerta se desvanece junto a la mujer.



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JEANS DESTEÑIDOS

Las habitaciones quedaron ausentes y como cada día de labores, el silencio rondó la casa hasta entrada la noche.
Parecía ser que las pisadas maduras se fugaban del hogar quedando omisas a cualquier decisión, hasta llegar a tiznarse de fragilidad fantasmal. Ésta llenó cada espacio de vacío y se convirtió en el compañero desde hace bastante tiempo, de unos años juveniles y crespos.
La muchacha se acicaló las uñas para darles un barniz negro, se puso su colección de aretes, esperando la irrupción de un nuevo orificio, y así reorganizarlos de nuevo. Sin el juego de esta pequeña variación, los jeans desteñidos y ajustados a sus estrechas caderas, no lucirían tan bellos. Todo este conjunto logró su mayor realce uno de esos días en que vistió la blusa a cuadro tipo vaquero.
Al comienzo de esa tarde, se escuchó un golpe de cuadernos que cayeron en el suelo con ligereza, la casa se remeció con un eco y salió de su mutismo. El colgajo de llaves tintineó y la joven, recogió sus cosas y atravesó la puerta. Ella, igual que siempre llegó con las nauseas de su mundo y se apresuró a escupir los miedos, esos que permanecían recostados en su vida llena de económicos diálogos. Subió los fríos escalones de mármol, hasta llegar al encierro de una habitación. Ahí apareció nuevamente la decidida visión enjuta. El espejo que colgaba tras la puerta se convulsionó artificialmente al compás de la muchacha, que aún permanecía inerte con los dedos introducidos en su garganta. Momentos después, la joven se limpió la boca con una de las mangas de su camisa a cuadros y cesó el último espasmo, mientras se vislumbraba desde el espejo, el macabro reflejo de una juventud que se apagaba cada vez más, en el indolente silencio de la casa.
Y tú, ¿dónde estabas?


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lunes, 9 de febrero de 2009

HOJAS DE COCA

Se juntó aquel grupo de campesinos, que como cada amanecer quedaba bajo el mando de Don Simón, listo a recibir instrucciones de una nueva jornada. Al retirarse del lugar, los hombres emprendían otra vez su ardua tarea, entre el calor y la humedad ambiente. El trabajo era dividido en varias cuadrillas, ubicadas en los diferenciados escalones de la ladera oriental de los Andes, para recolectar la abundante cosecha.
Las plantaciones de coca gozaban de una tierra extraordinariamente fértil y los indígenas se perdían con sus cabezas y espaldas gachas, entre pequeños arbustos de no más de un metro de altura. De vez en cuando, era posible oír alguna voz jadeando en quechua. Las cholas trabajaban a la par con los hombres cargando a sus bebés sobre las espaldas; ellos eran adheridos a sus madres con unos vistosos paños confeccionados por ellas mismas. Esa mañana al terminar la inspección de la zona, don Simón ultimó algunos detalles con cuatro campesinos de confianza. Después se fue rumbo a su hogar, a encerrarse en su despacho. Al llegar, dedicó varias horas para evaluar las posibles ganancias de una gran venta al exterior. Una vez terminado su análisis, se dirigió a la sala contigua para ver un espacio político que era retransmitido por un canal de noticias internacionales. Se trataba de una nueva cumbre latinoamericana. El tema en debate hacía referencia a nuevas estrategias de control, un frente al creciente narcotráfico de un estado que nuevamente sufría recortes para gastos sociales. El país cada vez se endeudaba más con los bancos internacionales y los costos, como siempre, eran asumidos por el pueblo. El asesor de gobierno - señor Castañeda Villares – era el encomendado de informar a los representantes de las diversas naciones, la compleja situación de su patria y el aporte de divisas que significaba el narcotráfico para un país prácticamente quebrado. Mientras él intervenía con sus comentarios cargados de moralismo e impotencia, se proyectaba al mismo tiempo material de apoyo, - imágenes de indígenas masticando coca con cal para soportar mejor la hambruna y la desesperanza -. Junto a los adultos – declaró el asesor - recolectan coca centenares de niños, sin ningún acceso posible a la educación primaria.
Don Simón observó las imágenes con auténtica indiferencia y después de un largo bostezo, apagó el televisor. Se fué al closet de su dormitorio para quitarse su atuendo campestre y remplazarlo por un traje elegantísimo. Enseguida, se encaminó a su Mercedes Benz y el chofer le condujo rumbo a la ciudad, en dirección a un lujoso hotel de una de esas famosas cadenas internacionales. Allí estaban nuevamente las luces de las cámaras de televisión, enfocando al recién llegado. El hombre descendió del vehículo, los periodistas lo acecharon disputándole la palabra, -¡Señor Castañeda Villares! – Intervino una mujer- ¿qué opina usted de la exportación ilícita de estupefacientes y la falta de una conducción más enérgica frente a los crecientes problemas sociales?- Don Simón, sonriendo, le contestó -¡ En eso estamos trabajando. Es indispensable frenar la intensa corrupción que nos aqueja y concretar la redistribución de los recursos con mayor equidad. Así lograremos brindar mejoras a nuestro dolido pueblo! - La muchedumbre rodeándolo, le gritó -¡Arriba Castañeda, fuera el Presidente! Y se escucharon nuevamente esos interminables vítores y aplausos que lo acompañaban en cada una de sus presentaciones públicas.


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FRANCISCO DE LA CARRETERA

Era de madrugada, tenía mis manos somnolientas, pero ahí estaba, con la vista de frente a la computadora portátil escribiendo para compartir letras, comas y puntos de mi último cuento. Me encontraba recostado junto a mi amigo Word, en mi hamaca de verano. Cuantas historias soñé en ella, durante el descanso de incontables tardes estivales junto a una copa alargada con algún engañito para el cuerpo.
El farol que alumbraba sobre mi cabeza había llamado mientras tanto a un abanico de diminutos voladores, pero el repelente de insectos los mantenía a cierta distancia.
Y comencé a teclear así:
- Atardecía en la carretera, los automóviles aceleraban la marcha para llegar a sus destinos antes de que el calendario sumara otro día. Rodolfo conducía junto al ritmo febril de una música carnavalesca, mientras iba recordando el encuentro casual con su jefe en la estación de servicios a la salida norte de la ciudad. Cruzaron tres o cuatro frases, las suficientes para darse cuenta de que eran dos perfectos desconocidos fuera del espacio laboral. Rodolfo sabía tan poco de él; sólo a través de comentarios esparcidos por los pasillos que se originaban en algunas bocas venenosas y que se ocultaban tras forzadas sonrisas, cuando el hombre hacía acto de presencia. Y es que no muchos lo miraban con buena cara, sobre todo cuando decidía tirar proyectos de excelente calidad artística al tarro de basura; era importante que el material fuese solamente rentable. Mientras tales pensamientos ocuparon su mente, se fue acercando a una punta de diamante donde estaba el viraje que conducía a su casa. Un tumulto de campesinos distrajo entonces su atención hacia la berma. Disminuyó la velocidad a tal punto, que le fue posible recorrer en detalle un hombre desangrado en la orilla del camino. Finalmente se detuvo y descendió para ofrecer algún tipo de ayuda. Se acercó morbosamente para observar a ese ser que parecía haber sido devorado por unas mandíbulas salvajes y una corriente espeluznante le recorrió de pies a cabeza. En ese instante reaccionó y se inclinó para asistirlo. Al momento fue sorprendido por un joven con un maletín en mano, al tanto que comunicaba su profesión de paramédico. El joven revisó sus signos vitales, luego se limitó a mover la cabeza y desapareció. Al verlo abandonado, Rodolfo comenzó a buscar en sus pertenencias algún papel que le permitiera sacarlo del anonimato. Una campesina que lo había estado observando desde cierta distancia se acercó tímidamente para comentarle que el hombre era un vecino de la zona y que se dedicaba a recorrer los campos contiguos al suyo desde ya varios años. Mientras ella le conversaba, Rodolfo terminó con su desagradable tarea encontrando sólo una boleta de una panadería vecina. Le echó el último vistazo y pensó “ cómo puede morir así un hombre y ser un NN. para el que lo mira, es claro que nadie elevará una plegaria el día de su muerte”. Y se quedó pensando en ello. Gatilló aquella escena el recuerdo de un nombre que de niño le gustaba mucho, él creyó durante largo tiempo que sus padres se habían equivocado al ponerle Rodolfo. – Bien – se dijo, - te llamaré Francisco, Francisco de la carretera - Y en ese lugar el hombre elevó una plegaria. Luego se subió a su vehículo, lo puso en marcha mientras miraba por el espejo retrovisor cómo se alejaba de su vista, aquel momento fúnebre que acababa de compartir con Francisco. Llegó al rato a su casa de descanso, ordenó sus ropas y se fué caminando entre los pinos del lugar. Después volvió a recostarse sobre la hamaca a dormir un rato. Estaba aún sobreexcitado, necesitaba reponer su estado de ánimo.

Según recuerdo, la última idea de mi historia que alcancé a teclear fue: “ A Rodolfo le angustiaba saber por donde andaría su recién bautizado, todo había sido tan rápido para él, tal vez no entendió nada “.
Ya estaba amaneciendo y salí a caminar para despejar el cansancio y las ideas que aún permanecían en vigilia. En las cercanías colindantes a mi casa tropecé con un gran número de campesinos. Como no tenía intención de cruzar palabras con ellos regresé a mi casa.
Al llegar, decidí incorporarme en los escritos, antes recorrí con la mirada mi terraza, todo estaba en orden, las sillas seguían apiladas junto a la mesa, el macetero aún seguía arriba del cajón de frutas, mi computadora portátil permanecía prendida y guardando la producción de mi último cuento sobre la hamaca. De pronto, mi visión tomó conciencia de la dimensión que habían adquirido los objetos. Todo me pareció distante, hasta que miré el suelo, en él que había una posa de agua y en ella se reflejaba una imagen... Francisco de la carretera, era yo.


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domingo, 8 de febrero de 2009

EXILIO

Hace ya algunos días, a Don Andrés se le vino el recuerdo de toda una vida. Deben ser esas rememoranzas que contornean el alma hasta dejar en ella una forma impresa que viaja por los años inmutable.
Ya entrado en años, el hombre acostumbraba salir a pasear con los nietos de Delia, una amiga – aunque probablemente algo más que una amiga, sin que nunca se hiciera público- además de ser la dueña de la pensión donde él rentaba una pieza. El hombre caminó muchos fines de semana con los niños de su mano, como un abuelo orgulloso, rumbo a una plaza del vecindario. Por el trayecto, la conversación con los infantes tenía un cierto marbete de emocionalidad junto a esas lúdicas brisas de otoño y toda una serie de ideas para inmortalizar las hojas que se levantaban con el viento o bien se desprendían de las ramas. Lo más seguro, es que varias de ellas acabarían entre páginas de libros. La recolección de las hojas a esa altura del diálogo era entonces inevitable, y todos giraban alrededor de los viejos árboles de la plaza observando el paso del tiempo a través de sus surcos o de las enormes raíces sobresaliendo de la tierra. Nada le gustaba más a don Andrés, que los niños aprisionaran ese momento de la vida como una fotografía.
Cuando estaban de regreso en la pensión, el hombre se iba a la sala de visitas para sentarse junto al piano. Entonces comenzaba a tocar esas clásicas partituras de autores polacos, de preferencia elegía a Chopin, y en esas tardes en que se sentía más nostálgico, tocaba algunas composiciones de piezas cortas creadas por él, en homenaje a su familia ya extinta hace años. Después de un largo rato, no faltaba la ocasión para intentar dar clases a los nietos de la viuda. Éstos, sin mayor interés se desconcentraban a los pocos minutos y se escabullían por el largo pasillo de la casa con cualquier pretexto.
Comenzaba entonces nuevamente a tocar a Chopin, mientras se iba con el pensamiento hasta llegar con su imaginación a recorrer su patria tan lejana y ausente.
Él había nacido en Polonia a fines del siglo XIX. Pertenecía a la nobleza polaca, y sus familiares fueron alguna vez dueños de enormes castillos medievales de la región. Por esos años eran grandes empresarios; entre sus negocios más prósperos destacaba el rubro de los chocolates finos.
Aún a pesar de su estirpe, a Don Andrés le tocaría presenciar de niño la primera guerra mundial y participar en la hambruna de la pos guerra, con una infancia accidentada y pavorosa, por decir lo menos.
Con el tiempo todo se normalizó para él. De joven estudió ingeniería y continuó al frente de las empresas familiares. Se casó y tuvo en sus hijos esa inmensa satisfacción de perpetuar su estirpe. A fines de los años 30, al hombre le tocó revivir nuevamente esos recuerdos que deseaba olvidar. El primero de septiembre de 1939, había entrado el ejército alemán a Polonia. Fue lamentable que su enorme poderío económico y su posición política jugaran en su contra al punto de llegar a ser uno de los hombres más buscados por la Gestapo. Durante meses se ocultó junto a su familia en distintos escondrijos, en buhardillas asfixiantes, o en sótanos húmedos y llenos de ratas. A mediados de 1940 y escondidos en una casa de una sencilla familia polaca, fueron sorprendidos por los alemanes. En ese lugar se ejecutó al grupo familiar que les dio guarida, luego los soldados acribillaron a sus padres, a su esposa e hijos, siendo él, el único sobreviviente de la masacre.
De ahí sería deportado a un campo de concentración germano, pero por esos días se produjo en el territorio polaco un enfrentamiento entre alemanes y soviéticos, sitio en donde cayeron los alemanes, y los pocos sobrevivientes fueron reducidos y agrupados junto a los polacos cautivos para ser enviados a unos campos de prisioneros en Siberia.
¿Cómo hizo Don Andrés, para soportar las inclemencias del tiempo y el trato inhumano en los trabajos forzados? Nunca quedó claro. Sólo se sabe que muy pocos pudieron sobrevivir al desierto blanco.
Mientras él permaneció en ese lugar durante varios años, logró ser ubicado por el ACNUR. Esta organización internacional se encargaría de entretejer su escape; lo más probable es que hubiese sido a través de un contundente soborno, puesto que Don Andrés, dentro del campo de presos, recibió una sábana blanca e instrucciones para escapar durante la noche. Una vez que el sol se entró, el hombre sin pensarlo dos veces, comenzó a arrastrarse por la nieve, cubriendo su cuerpo con la sábana y anduvo a gatas durante horas en esa infinitud blanca. Es posible que el soborno no sólo hubiese pagado la entrega del pedazo de paño, sino también la vista gorda de quienes montaron guardia esa noche.
Don Andrés, nunca supo quien lo encontró, ni cuanto tiempo pasó desde su huida, sólo recuerda que despertó mientras era trasladado hasta un contacto que lo esperaba con un pasaporte alemán. Con ese documento, podría salir de la zona a la que había sido conducido, para luego movilizarse dentro de Europa hasta lograr embarcarse hacia las latitudes del cono sur.
El viaje sin duda se le hizo eterno, pero le ayudó su flexible talento de hablar varios idiomas, y cuando se sentía un poco más animado, conversaba con otros refugiados con los que hacía causa común.
A su llegada a Chile, fue ayudado por alguna familia de la alta sociedad. Así el extranjero continuaría su exilio, siendo recomendado por las Naciones Unidas, para que se le reinsertara lo más pronto a la vida ciudadana. Ya era tiempo de volver a empezar, si es que era posible pensar en ello.
El hombre por esos días, se cuestionaba acerca de su existencia. Pensaba que lo más seguro era que antes de nacer hubiese elegido la vida que tendría que asumir y soportar; la posibilidad de un nacimiento sin elección significaba perderse en el caos del azar y eso le parecía aún más aterrador que la misma guerra.
Una mañana, haciendo fila en un banco para pagar unas cuentas pendientes, entabló una conversación con la señora que estaba delante de él. De ahí se generaría una larga y curiosa amistad: Delia. Al poco tiempo, Don Andrés ya se había ubicado en su domicilio arrendando una de las piezas. La amistad fue creciendo con el tiempo hasta llegar a transformarse en una turbulenta relación de amor – posesión. La viuda le exigía obediencia incondicional y él buscaba desesperadamente afecto, al punto de transgredir sus propios límites. Para don Andrés era indispensable sentirse nuevamente integrado al amor como una nueva oportunidad de hacer familia. Así se dio comienzo a aquellos paseos otoñales con los niños por la plaza, las tardes de ajedrez o los partidos de naipe español y sus recuerdos junto al piano.
Lentamente se fue integrando al resto de la familia, como en esos almuerzos dominicales en la casa de la hija de Delia. Ahí se reencontraba nuevamente con el ambiente familiar. Él era observado por los niños como el caballero de pelo blanco y ojos azules que con esas gafas de carey poseía el aspecto de todo un gentleman junto a la abuela coqueta y de conducta tan peculiar.
Con el tiempo Delia comenzó a imponerle un sistema de reglas y normas fuera de toda lógica y él, con su rostro que demarcaba la amargura, bajaba la mirada siempre lleno de esa inconmensurable necesidad de afecto.
Entretanto, el país había entrado en la época de mayor desabastecimiento de su historia y a la familia se le hizo indispensable salir a otras tierras en busca de nuevas posibilidades. Los trámites para el viaje se hicieron en pocos meses y llegó el momento de la partida. Delia resintió con rapidez el vacío de la marcha dejada por su familia y al poco tiempo arrendó su casa, hizo sus maletas y se fue tras los suyos. Don Andrés quedó hospedado en un asilo de ancianos con una tristeza y un desamparo indescriptible, la vida dejaba de tener sentido. Lamentablemente Delia no consideró viajar con él, aún sabiendo que el resto del grupo familiar lo esperaba.
Al año siguiente, tras el golpe militar ya estaban de vuelta en el país. La viuda volvió a su casa, a sus habitaciones para arrendar, a su vida con los gatos y sus tejidos de invierno. Pero no le interesó darle al polaco un nuevo espacio ni volver a su antigua relación.
A don Andrés se le siguió visitando dentro del asilo, pero para él, nunca volvió a ser lo mismo. El hombre lloró cada noche en el hogar de ancianos la pérdida de quien consideró su amiga y algo más.
Una noche de invierno, en la casa de la hija de Delia, todo el grupo familiar sintió golpear las diferentes puertas del hogar, pero nadie llamaba. El primer pensamiento de la dueña de casa fue su madre. Acto seguido la llamó por teléfono y en ese momento se enteró que Don Andrés había fallecido días atrás. Al entierro sólo acudió Delia y el sepulturero. El amor posesivo de la viuda no le permitió compartir con los suyos el último momento de Don Andrés. Una gran pena los sobrecogió esa noche.
Y él, entre toda esa ráfaga de vivencias, no olvidó de venir a despedirse de la familia que lo acogió después de la guerra.


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EXCUSA


EXCUSA

Al hogar de doña Juana llegó hace un par de meses una pareja,
según sus familiares venían con la cabeza sana,
aunque cuerdo en realidad, sólo parecía estarlo el viejo,
ya que la señora Adela, su mujer,
hacía rato que se le zafaron los tornillos.
Y doña Juana que sin falta les recordaba a los parientes de los internos,
que en su asilo sólo se recibía viejos sanos,
(incluyéndoles el seso cuerdo),
por esta vez le pareció válido hacer una excepción,
ya que el dinero corría por partida doble.
Claro que lo más probable es que este bien arrepentida,
y como no, después de lo que pasó la otra noche.
Y más aún con las enfermeras que siguen cuchicheando por los pasillos.
-¿Y que te pareció lo que pasó la otra noche en la pieza de los Recabarren?
porque no me digas que no suena a chiste-
dijo la enfermera más gorda del asilo a la que venía entrando de turno.
–Algo he escuchado, pero como no estaba ese día, así que cuéntame con lujo de detalles,
soy todo oídos - le contestó la mujer.
-Mira, resulta que la otra noche, mientras las de turno veían tele,
se produjo un tremendo griterío en la pieza trece;
era la vieja Recabarren que gritaba como si la estuvieran apaleando,
así que entraron las chiquillas a ver que pasaba
y se encontraron con la señora Adela,
muy de piernas abiertas, en pleno proceso de parto,
y entre medio a su esposo don Atilio, ayudándola a parir.
Te podrás imaginar, que dado lo insólito de la situación,
tuvieron que ingeniárselas para resolver cuanto antes el problema;
ya que los otros viejos se alteraron muchísimo con tanto escándalo.
Por suerte a la Raquel, se le ocurrió salir en busca de una muñeca
que la jefa guardaba en su oficina,
y se la puso a la vieja entre las piernas haciendo todo un montaje de alumbramiento.
Luego, una vez que la Adela la recibió entre sus brazos,
se puso a llorar hasta que le dio hipo, tanto que no le salía ni la voz.
Después de un buen rato y más calmada,
la anciana que seguía lloriqueando, les dijo que le faltaban dos bebés
ya que ella había tenido trillizos,
y en medio de todo este alboroto,
no se percataron que don Atilio se les había arrancado a la calle;
según él, se dirigía a carabineros,
para hacer una denuncia por el secuestro de dos de sus hijos,
por suerte una vecina avisó que el viejo andaba como loco tocando los timbres de las casas.
Y pensar que estábamos todas convencidas de que el hombre estaba cuerdo, ¿te das cuenta?
-
Mientras la enfermera aún no termina de contar toda la historia,
entra doña Juana, y muy molesta de escuchar tanto cuento,
las manda a reunir a todo el personal para terminar con el cotorreo.
Una vez que todo el personal está presente,
les informa que los Recabarren van a ser retirados del asilo en el transcurso de la semana,
y les advierte, que este es un sitio para viejos sanos,
luego añade, que si vuelve a ocurrir algo parecido,
las va a echar a todas de una buena vez,
por no avisarle a tiempo si algún anciano ha perdido el juicio.



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ENTRE LA BRUMA


Dominica se sentó en el último peldaño frente a la habitación del resort. La noche le parecía inquietante en medio de la bruma que se propagaba entre murmullos subterráneos de danzas y tambores. Sólo quien sintonizaba el pensamiento al éter le era posible percibir aquellas sudorosas reminiscencias de la esclavitud. Como esas visiones de hileras de negros, caminando con cadenas y grilletes oxidados para laborar sin compasión en los extensos cafetales. Por alguna razón a Dominica le fue permitido divisar imágenes de personajes arcanos tirando las caracolas en el suelo. De ellas era posible extraer lecturas secretas referente a la esperada abolición de la esclavitud. Mientras tanto, los jóvenes tocaban sus rítmicos instrumentos alrededor de una hoguera y los más viejos escondían sus voces entre la musicalidad organizando posibles fugas. Una cocinera era la informante del movimiento de los amos al interior de la hacienda.
Han pasado ciento sesenta años desde ese episodio. Pero la tierra guarda las lágrimas y la sangre de aquel origen ancestral.
Dominica se despabila de improviso y entra a su cuarto para atrapar nuevamente algo de realidad. Quizá ha sido el cansancio, que le ha traído alucinaciones. Las imágenes se difuminan a la luz de la lámpara, pero el sonido de voces y murmullos no se desvanece.
Una vez tendida en la cama, escucha dos golpes en la puerta. La mujer se levanta con cierta agitación y abre. Frente a Dominica está parado un espectro, es una vieja negra con el pelo tapado por una paño de algodón y una falda que le llega hasta los pies. La anciana le susurra una sugestiva invitación y ella, hipnotizada por alguna fuerza que no comprende, sigue sus pasos mientras la luna llena alumbra los matorrales por donde el espíritu se interna. El camino se transforma en un laberinto de helechos, arbustos y plantas trepadoras que cubren cuevas y túneles subterráneos. La aparecida descorre parte del ramaje y las dos mujeres se introducen por una de las cavernas. Desde su interior se conectan oscuros pasadizos; la anciana la emplaza a descender por un corredor que tiene grabado en la pared extrañas pinturas - arañas, liebres, tortugas, lunas nacientes, tambores, máscaras de madera -. El lugar recubierto de murallas rocosas, conduce a una especie de cámara de gran amplitud. Dominica en su asombro, observa antiquísimos sofás - pueden ser de la época de la colonia - junto a los que se le arriman troncos dispuestos como mesas laterales. Sus muros están atiborrados de colgajos y esculturas, que reciben la luz de doce antorchas repartidas en la oscuridad.
La anciana toma una vasija modelada en arcilla y en ella recolecta gotas que caen desde el techo. Luego el espectro se acerca a Dominica y le unta los labios con el contenido.
Desde ese momento sus visiones se acrecientan y los látigos retumban. Las pulsaciones de los esclavos se alinean al ritmo de los tambores y se insertan en su propio latido. Su cuerpo se comprime, se sacude, y el sudor le escurre por el rostro. Millones de lágrimas oprimidas socavan sus ojos y la cueva se llena de quejidos, de castigos inhumanos, de rituales y magia, de sangre y muerte. El presente y el pasado convergen entre las napas subterráneas. La tierra ha plasmado los genes de la historia en el vaho de sus entrañas y de ella germina la vida que hoy nutre al pueblo.
Dominica abre los ojos y se da cuenta que aún permanece sentada en el último peldaño frente a su habitación del resort, mientras Candelaria, su comadre, sigue jugando solitario sobre la cama.



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sábado, 7 de febrero de 2009

ELEMENTALES DE ATARDECER


Sentado en su silla de bambú, el aborigen Jacinto elige esos perpetuos atardeceres en su campiña bananera, para recibir el sol oxidado y encender como siempre un habano.
El tiempo de quehaceres a esa hora se enmudece y las murallas que delimitan los confines del poblado, se tiñen ante sus ojos de grafitis que convocan a seres elementales y otros amigos.
Algunos roedores y reptiles se pasean en las murallas del pueblo y las rapiñas de tanto en tanto, esperan entre vuelos circulares junto a sus picos corvos, - como una hoz que viene a segar sin miramientos - alguna vida que se apague. Los roedores se deslizan por los bordes de los muros con sus colas largas y deambulan tras la huella aromática de algún iniciado basural. Son las ratas prolíferas y voraces que no ceden sus predios ni sus trastos, habitando el atardecer de los viejos y nuevos pensamientos de Jacinto.
Los reptiles se resguardan del torrente aguacero que se transforma en diluvio y a los pocos minutos sólo queda en el aire el calor tibio y húmedo como recuerdo y las ranas comienzan su concierto nocturno –¡coquí - coquí! - entre los ramajes de malezas y polipodios. Un serpenteo coloquial pone en jaque a una de tantas ratas. La población roedora permanece inmune ante el inocuo deceso, se ocultan por algunos instantes mientras observan a la bicha. Después, vuelven a sus correrías.
Jacinto, cierra sus ojos mientras el olor a tabaco claro envuelve a sus rapiñas, sus roedores y reptiles de atardecer y emite sonidos guturales que viajan a través de sus visiones enmohecidas.
A lo lejos se divisa a Pedro, Esteban y Felipe, que resguardan con audacia sus predios y trastos. Y aparece Beto, en su camioneta Chevrolet, zigzagueando por el camino de piedras y tierra, hasta llegar donde Pedro. Discuten coloquialmente. Pedro se jala los cabellos rizados, firma documentos, saca su billetera y entrega todo lo que tiene. ¡Ay!, quien sabe si mañana le tocara a Esteban o quizás Felipe.
Mientras en algunos bares de barra de la calle principal, la descendencia de los campesinos bebe ron Bacardi y conversa alegremente de sus conquistas. Ha llegado la edad en que comienzan a volar de casa, y se clausura el nido. Aunque la complicidad de sus proyectos les obliga a mantener cierta cercanía. Ellos esperan y observan con paciencia, la hora de revisar frente a los ojos semiabiertos de algún viejo, papeles con firmas y trámites notariales, ocultos en posibles bolsillos y estanterías. Es de esperar que a los ancestros se les descomponga el cuerpo. ¡Oh, productivos atardeceres!
Y los animales regresan cada tarde y personifican al campesino.
Mientras el aborigen Jacinto fume su habano y cierre los ojos, los elementales tendrán asegurada su existencia.





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TRIO

Esa tarde de domingo, Raúl y Elena estaban sentados frente a la pantalla de un cine que ostentaba una reputación bastante ligera. En él sólo se exhibían películas de corte triple equis, pero su fama no se debía a su alto contenido erótico que llenaba la sala con sus formas desnudas y sus quejumbrosos sonidos, sino más bien al grupo humano que aterrizaba impostergablemente al estreno de una nueva cinta. Como siempre, se encontraban entre sus filas una variedad de adictos a la masturbación que se ocultaban sigilosos entre la oscuridad y una sonoridad elevada.
Raúl y Elena habían encontrado una forma de revitalizar el amor rutinario a través de la imitación de tan gimnastas modelos. Habían luchado durante varios años con los prejuicios y la moral heredada.
Todo comenzó una noche en que Elena se sintió presa de un ataque de celos por un concurso de belleza que estaban presentando por televisión. Su pareja había expresado un erótico comentario acerca de una candidata. Entre rabias y gritos Elena se percató de que en la intensidad de sus celos existía oculta una cuota semejante de placer; parecía que mientras mayores eran sus celos, más deseos sexuales crecían en ella. Conversó con su pareja y al captar que algo inusual se estaba revelando se entusiasmaron en sacarle partido. Esa noche se amaron como nunca, mientras los destellos de una nueva reina se perdía en el lecho.
Así fue como desembocaron en ese cine. En su pantalla todas las imágenes se veían más grandes, más nítidas e intensas y el ambiente que se filtraba por entre las butacas no concedía lugar al frío.
Esa tarde al terminar la película, la pareja pasó a comer a un negocio de comida rápida y entre hamburguesas y sorbos de bebida planificaron en murmullos cómplices la gestación de un nuevo elemento de placer, uno aún más adictivo: una tercera persona. El candidato, una mujer por supuesto, para que en Elena los celos alcanzaran una intensidad máxima versus placer. A Raúl definitivamente la idea lo obsesionó, no imaginaba mayor éxtasis que ver a Elena como una hembra desesperada por él.
Pasaron algunos días y los dos se dieron a la minuciosa búsqueda de la tercera. Entre las amigas de Elena no era posible, con las compañeras de oficina de Raúl tampoco, podría costarle el puesto. Una mañana de domingo se encontraban revisando el periódico en la sección económica en búsqueda de unos muebles y casualmente se toparon con una serie de avisos publicados de la siguiente forma:

Se ofrece pareja para intercambio.
Celular: 9-334267

Se ofrece hermosa mujer, joven,
curvilínea, para realizar tus más
codiciadas fantasías.
Celular: 9-232348
Preguntar por Cati.

No siguieron leyendo, se detuvieron en el aviso de Cati, nombre que resonó como el de una conejita Playboy. Sin discutir más el asunto, tomaron el teléfono, Raúl discó ansiosamente el número y preguntó por Cati. En una conversación rápida y directa, él le hizo la propuesta de participar junto a su pareja en esta aventura. A Cati le pareció que podría ser una interesante experiencia, porque siempre había estado sola con hombres. Así se pusieron de acuerdo y concertaron el día y la hora.
Raúl y Elena celebraron esa tarde con un abrazo apasionado que duró hasta el anochecer.
Y llegó al fin el esperado día. Sonó el timbre de la casa. Elena estaba muy nerviosa, así que Raúl atendió la puerta, y en ese encuentro se quedaron mirando como si desde ese instante se hubiese iniciado un rito sexual. Cati era una mujer muy deseable, pensó su anfitrión, poseía una bella figura, era más bien de contextura gruesa pero torneada envidiablemente; su rostro era juvenil, de labios gruesos y un pelo largo café oscuro con reflejos caoba; sus ojos eran de color miel muy vivos, se diría que hasta ansiosos de nuevos cambios. Parecía ser un acierto. Cati entró a la casa y Raúl la condujo por el recibidor hasta la sala de visitas. En ese momento el hombre llamó a Elena, quien apareció con timidez. Raúl se apresuró en presentarle a la visitante. Ambas se miraron curiosamente. Ninguna de las dos tenía experiencia de ser amante de otra mujer. Elena era una mujer más corriente, bastante delgada, se diría que un poco desgarbada aunque de rostro muy dulce. Ella sintió celos de inmediato, pero se sobrepuso pensando que era lo que más deseaba, probaría sus celos versus placer hasta quebrantar sus propios limites.
Conversaron un momento e hicieron los acuerdos preliminares acerca del tiempo, los servicios que la mujer ofrecía y el costo. Terminados los arreglos preliminares, decidieron dar paso a su primera experiencia de trío. No había nada más qué hablar.
Entre celos, pudores y timideces la primera vez no fue tan placentera ni tan nutrida de escenas obscenas, pero quedaron de acuerdo para un segundo intento dentro de esa semana.
Pasó el segundo intento y luego vino el tercero y así sucesivamente. Llevaban casi un año con encuentros dos veces por semana, había pasado por ellos tanto goce, tantas inhibiciones exorcizadas, el sexo había sido una adicción incontrolable pero como todo en algún momento vuelve a su equilibrio, llegó de a poco la calma. Elena se había despedido hace algunos meses de los celos, Raúl tampoco dependía del placer de Elena para estar más estimulado y Cati ya no era sólo un objeto de placer sino un miembro más que se había incorporado a la pareja.
Definitivamente Raúl se encontraba muy confundido. Él amaba a Elena pero también había comenzado a amar a Cati. Elena por su parte descubría que su placer ligado a los celos no era más que una tendencia homosexual aprisionada por una cultura intransigente y ya no estaba segura si deseaba a Raúl. Se sentía atraída intensamente por Cati y Cati se había enamorado del lugar que ocupaba Elena. Cuánto deseaba tener un hogar, una pareja que la cuidara y una vida normal, pero el trío se había introducido por un camino en que ninguno concretaría su proyecto de vida.


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EL KIOSQUERO

En la esquina de la calle La Merced, donde cada transeúnte le da inicio o término, reaparece al amanecer el hombre canoso, el que dirige el recodo con sus miradas, su palidez inerte y ese cigarrillo barato en mano. Llega de madrugada para abrir su pequeño boliche de metal, aquel que en su interior anida espacio para un solo taburete - forrado artesanalmente con franela- y unos cuantos arrimos de madera adosados al frío o caliente metal según la temporada. Por la cara externa del quiosco, la rodean cables con perros de ropa donde Lucho cuelga sus esperanzas y economías del mes, tapizados de diarios y revistas que el hombre deletrea a tropiezos, mientras las imágenes de las Venus desnudas se intercalan sin dificultad por sus ansiosas retinas y le entretienen las horas de espera, hasta que alguna voz rompe el silencio de la rutina. Y el quiosquero se posesiona otra vez de la calle para ofrecer productos a cambio de monedas o billetes, que van a dar a un tarro vacío de leche. Al rato enciende la radio a pilas, pero está pensando que es mejor colgarse al tendido eléctrico. Así economiza hasta que lo sorprendan, y quizás más tarde vuelva a intentarlo, porque si algo tiene claro es que cada peso que él ahorra, sirve para llenar la olla con que alimenta a esa pandilla de niños que lo espera en casa. Mientras piensa en sus hijos, sueña con poner una cadena de quioscos para cuando ellos crezcan. Será una empresa familiar y él será la cabeza que administrará por su vasta experiencia. Llegada la noche, guarda toda su mercancía en ese espacio egoísta y cierra con un candado puerta y ventana. Cruza a la otra esquina, donde un bus lo lleva a casa a cuadrar los gastos del día. Se acuesta cansado y sigue soñando con su empresa familiar.



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EL PEQUEÑO MÚSICO

Hoy contempla su primera guitarra, una tizona de estudio que cuelga en una muralla del garaje en la vieja casona perteneciente a sus padres. Hace muchos años se había asignado ese lugar como la guarida perfecta para el pequeño músico, que canalizaría su hiper sensibilidad, acariciando cuerdas y notas desafinadas. Sus dedos iban resbalando con torpeza mientras el oído buscaba instintivamente la sonoridad entre aquellas vibraciones que se recogían retorcidas y se introducían por sus tímpanos.
Tanta delicadeza llegó a abrumar a sus padres. Sus manos siempre fueron tan perfectas, su piel extremadamente suave y sensible y sus rasgos, delineaban un rostro como el de una “virgen pura”. Esa búsqueda tan intrínseca de perfección y belleza parecía venir adosada a él. Tanto, que desde su nacimiento, su condición enfermiza extremaba esa delicadeza. Una terrible apnea parecía amenazar un futuro brillante. Todo era prolijo a su alrededor, se cuidaba exageradamente cualquier detalle que pudiera gatillar una nueva crisis. El niño creció resguardado y con el pasar del tiempo los padres se culparon de dar al hijo una existencia tan frágil, donde el pequeño músico se hizo astutamente consciente y consentidor de ese agradable tránsito. Allí aprendió a amar a su madre más allá de lo impensable. El temor materno no permitió que estuviera al cuidado de otra persona y su identificación sexual se compenetró cada vez más con ella.
A los siete años, la música pareció enloquecerlo de placer y sus padres decidieron encauzar su tendencia afeminada para darle forma y cabida a través del arte. Tal vez así su desviación no alcanzaría a llenar todos los espacios de su vida. El pequeño músico avanzó rápido en su estudio clásico, y se conectaba a un verdadero éxtasis sensorial cuando era capaz de reproducir sin error aquellas hermosas partituras que le enseñaba su maestro. Tempranamente llegó a sugerir de ellas un nuevo estilo de interpretación, el suyo, e iba construyendo cada vez más seguido, originales variaciones hasta alcanzar nuevas creaciones; nuevos horizontes musicales.
Hoy sentado en los escalones que conducen de la cocina al garaje, echa un vistazo a tanto recuerdo nostálgico. Su padre permanece en el segundo piso llorando con abatimiento a su esposa que yace muerta hace unos quince minutos en el lecho matrimonial. El cáncer no dio tregua a ningún tratamiento.
El músico, que ha vivido casi medio siglo, despeja su mente en el garaje y se pregunta si por fin su madre - ahora alma viajera - dejará de culparse por su amanerada realidad. Quizá ahora comprende que la existencia humana viene con su propósito. Si no fuera él quien fuera, los sonidos y las notas extraídas de esa delicadeza no existirían. Necesitaba las manos perfectas y la belleza como de una virgen pura.
Hoy su música recorre los pasillos y salones de un hospital psiquiátrico, como parte de un pionero proyecto experimental con enfermos depresivos. Al parecer el sentido de la vida y su armonía ha quedado plasmado en sus creaciones. Ahora se ocupa en recordárselo a quienes por diversas razones lo han perdido en el transcurso de la misma.



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EL PAYASO

La carpa del circo ha sido instalada en un sitio eriazo, vecino a la feria de entretenimientos.
La boletería permanece abierta ante un escaso público, y Simón, el payaso, vende unas pocas entradas, mientras piensa cómo las personas han olvidado su sentido de diversión. En cada gira se hace más evidente la decadencia del circo y él no logrará contrarrestar esa realidad.
El hombre siente gran impotencia, ¿cómo explicar que lleva impreso el traje de tony en su corazón? Él, ha nacido para ser estrella itinerante y desde niño se ha vestido con lágrimas ocultas y sueños coloreados para llenar de risas el espectáculo. Así es Simón, el más joven de su rubro, reflexivo y sensible, también el más dicharachero de los payasos, un experto en gestos y ademanes, reflejo de su auténtico talento. Dadas sus múltiples capacidades, ha sido honrado con el apodo “el suple”, por su versatilidad y excelente disposición para rellenar cualquier rutina que esté desierta. A ratos, se le ve como malabarista o arriba de un trapecio volante. Entre actos, se pasea por las galerías vendiendo diversidad de chucherías para los regalones del hogar. Ahí se encuentra cara a cara con los grandes y los pequeños espectadores. El payaso los observa desde su traje de retazos colorinches y sonríe ampliando su boca que dibuja una mueca. En esos momentos, Simón se pasea con el orgullo de un artista, y la pobreza queda relegada para cuando acabe la función.



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viernes, 6 de febrero de 2009

EL MUNDO DE ISOLINA

Detrás del escritorio, permanecía sentada la señorita Isolina. Mujer con una reputación laboral intachable, y una celebridad en la evasión de problemas. Ella perdía su timón ante cada frustración que la vida le ponía al frente.
Don Gerardo, su jefe, lograba intuir algunos de sus miedos, pero también era capaz de reconocer a la mejor contadora que hubiese tenido la empresa. La complicada paradoja le obligaba a privilegiar su trabajo y esos estratégicos balances, aún sabiendo que tenía enfrente a una mujer que encapsulaba su personalidad en el conocimiento, quedando una porción oculta a la propia conciencia. La poca permeabilidad de su subconsciente le permitió sólo una identidad a medias.
Esa mañana a la contadora le surgió un traspié insospechado. Por aumento de trabajo, se contrató una nueva colega con quien tendría que compartir su espacio laboral. El ingreso de Fabiola trajo vitalidad juvenil y conocimientos actualizados.
La señorita Isolina, intimidada por tanta modernidad, descuidó su quehacer, víctima de su flaqueza emocional y optó por entregar información errónea que llevó a la joven a equivocaciones que le costaron el puesto en corto tiempo.
La contadora quedó satisfecha con el despido de la joven. Se le hacía imposible trabajar en grupo. Ella se percibía a sí misma desde el reconocimiento de su trabajo individual; compartirlo, era dividir aún más su precaria estabilidad. En definitiva, otras personas sólo representaban una sombra y una amenaza. Su seguridad se mecía desde su postura aislada junto a su profesión de cálculos y cuentas.
A los quince días la empresa dispuso de un nuevo contador. Un hombre de mediana edad y con una vasta experiencia laboral.
La señorita Isolina se encontró nuevamente enfrentada al problema, y pensando que sería difícil repetir el engaño apenas llegó don Patricio ella renunció.
Desde esa fecha la mujer no volvió a encontrar trabajo, la edad fue sin duda su mayor impedimento. Sus sentidos se bloquearon al enfrentarse a su caótica interioridad, y en ese revoltijo de emociones llegó inevitablemente la depresión. Hoy Isolina vive sedada en una clínica psiquiátrica pagada por un sobrino. Según dice su familia, ella no está apta para vivir en el mundo.








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EL HUECO




Conoció a la vieja Clodomira,
en su último viaje al sur,
y la trajo a su casa,
como dice la Clodo, de empleada.
La señora, prefiere llamarla su secretaria,
mientras la Clodo la mira de reojo,
y con esa rabia que se le incrustó en el alma piensa:
-¡Qué se cree esta vieja lesa!-
¿acaso imagina que soy tarada?.
Y de reojo su patrona la observa caminar;
ahí va con sus piernas gordas
que a duras penas atraviesan las puertas.
¿Será que engorda de tanto comer pan con tomate,
o todo lo que ansía se asimila alrededor de sus caderas?.
Mirarle la cabeza suele ser un poco más complicado,
parece que llevara una selva entre su melena crespa.
¿Por qué no se peina si la tiene hermosa?
Y también una selva le parecen sus ideas;
como el jueves que hizo una tortilla de fideos,
habría quedado buena si primero los hubiese cocido;
pero no acepta propuesta ni reproche,
y de inmediato se le escapan las palabras
para terminar a tropiezos con ellas;
no vaya a ser que sé de cuenta su patrona,
que la vieja Clodo no es perfecta.
Y la señora la observa mientras piensa
- cuántos azotes te habrán dado Clodomira,
que necesitas inventar tanto argumento -
Y luego la patrona le dice:
- ¡Pero Clodo, por qué te asustas, si a cualquiera puede pasarle!-
Pero ella no escucha y le responde:
-¡No señora, si lo que pasó con los fideos no fue mi culpa!-
Y se larga a llorar y usando el delantal que lleva puesto,
se seca las lágrimas y después lo retuerce entre sus dedos macizos.
Hoy la Clodomira se va de vacaciones,
tal vez la señora va a descansar un poco de todo este cuento;
la mujer se va al sur, al campo, su tierra querida,
lugar donde crió a sus seis hermanos
y donde no hubo tiempo para ella.
Entonces la Clodomira le cuenta como por enésima vez su historia, y le dice:
- ¡Señora la culpa es de los ricos!-
-¿y qué culpa tienen los ricos que tu madre se haya muerto y dejara siete huérfanos?-
le contesta la patrona;
-¿o qué tu padre se entusiasmara con otra y se arranchara en otro nido?-
La Clodo la queda mirando y pone cara de gato degollado,
cómo diciendo:
- ¡esta vieja cuica, se nota que vive en el limbo!-
-¡Vamos Clodomira, te voy a ir a dejar al tren!-
La señora le da un beso y la abraza,
mientras la Clodo no logra percibir,
que su ausencia deja un hueco en su patrona.






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EL EXTRAÑO

Sonaron las doce campanadas del viejo reloj ubicado en el recibidor de la casa. Esa noche, don Alonso se dedicó a mirar un rato un programa humorístico que transmitía un canal de televisión, aunque al parecer no lo suficiente para que en su rostro se esbozara alguna escuálida sonrisa, esa que casi nunca se desprendía de la amplitud de su boca. Decidió apagar el televisor entre comerciales, considerando que las propagandas inutilizaban el tiempo, lo cual le parecía imperdonable. Acto seguido cortó la luz del dormitorio y se arropó en su cama - como solía hacérselo su madre en aquellas noches de infancia -. A menudo, creía percibir aun en el aire su aroma y su respiración.
Después de cobijarse, cerró los ojos para hurguetear en su mente todas las anotaciones y resoluciones tomadas durante el día.
Su obsesión por el trabajo era, a su modo de ver, la mejor alternativa para un hombre viejo y sin compromiso. Mientras se ocupaba de tales pensamientos, don Alonso fue interrumpido con la llegada de su sobrina y su hija.
Paula se vino a vivir con su tío después de su divorcio. Dos meses antes había cumplido los treinta y siete años, edad en que según don Alonso, una mujer debiera haber comenzado el proceso de sentirse más plena y más segura de sí misma, (Andrea ya era más independiente de su madre) y el tiempo personal que alguna vez le fue escaso, ahora se le presentaba como un ofrecimiento que no se debía despreciar.
El tío dejó a un lado su revisión de trabajo y recordó a su sobrina descuidando sus necesidades al comienzo de la adultez. Como en esa ocasión que aceptó su primer trabajo para escapar de un padre autoritario, luego la idealización de su pareja - primera y última – al poco tiempo la llegada de su hija, las responsabilidades del hogar y su impostergable juego con la imagen... Sí, la imagen de la esposa incondicional, la madre abnegada y la dueña de casa perfecta. Don Alonso recordó a Paula desoyendo su espacio de mujer y cómo finalmente se desplomó con ese matrimonio y llegó huyendo de él a su lado. También vino a su memoria la operación de su sobrina hace un mes. Su falta de audición estaba alcanzando casi un setenta por ciento y su primer oído intervenido iba en plena mejoría. Una vez operada, ella le comentó que avistaba una gran posibilidad de sanarse. Para Paula, escuchar bien, estaba relacionada al pronóstico de su sordera interna en relación a su espacio personal. Don Alonso siempre tan racional y compuesto largó una inusual carcajada dejando a Paula sorprendida.
En eso, el hombre que permanecía absorto en sus divagaciones fue nuevamente interrumpido, ahora por un bulto que se introdujo en su cama.
- Pero qué es esto – dijo sobresaltado y se incorporó de un salto. ¿Andrea, eres tú? Acto seguido prendió la luz.
- No se asuste caballero, si no es para tanto – respondió la voz ronca del extraño.
- ¿Quién es usted y qué hace en mi cama? – arremetió Don Alonso, con el habla ahogada y temblorosa.
- Mire, quédese tranquilito mejor, que si estoy aquí, no es por decisión mía – respondió el visitante de oscuro aspecto.
- Y si no es por decisión suya, entonces quién lo mandó y todavía no me responde quién es usted.
- Oiga caballero, si estoy aquí es por esa insistente manía suya de representarse como un personaje de modales finos y afables, y que no son más que mera apariencia por supuesto. Mire usted, si se ha desgranado el seso y el cuerpo, tratando de obtener más de lo que la vida le tenía reservado.
- Eh, eh, eh – interrumpió Don Alonso, - detenga ahí su comentario, usted no sabe nada acerca de mi vida y fíjese en el modo en que me dirige la palabra, además, ni siquiera se porque le estoy contestando, así que hágame el favor de retirarse de la casa antes de que llame a la policía.
- Mire señor, déjese de simularse tan controlado, usted sabe muy bien que venimos del mismo fangal, así que será mejor que se acueste, que dentro de unos minutos no podrá mover ni una pestaña. Ya pues, no se me haga el difícil y métase a la cama, ¿desea saber o no qué hago en su casa? Cómo le decía, usted presionó estrujando las oportunidades más de lo que le correspondía. Por eso estoy aquí, vengo a pasarle la cuenta, ¿o usted creía que el asunto era gratis? No señor, así que hágase un lado, que me va a tener de invitado por un buen tiempo o hasta que el jefe mande.
Don Alonso se quedó pasmado, no daba crédito a la situación. Se deslizó con mucha cautela otra vez dentro de la cama, sin saber cómo escapar de ahí, qué hacer o decir. Ya acostado con el extraño, éste se apoyó sobre el dorso desnudo del hombre y se clavó con una presión insoportable. Don Alonso lo miró desesperado, con ojos suplicantes. En ese instante notó cómo el visitante comenzaba a amoratarse y estremecerse con la llegada de un brusco descenso en su aporte de oxígeno; una taquiarrítmia comenzó a aflorar hasta fibrilarlo, entonces, el extraño cesó de oprimirle el pecho y se desvaneció. Esa tregua inesperada, le dio tiempo a don Alonso para pulsar el botón de pánico que tenía instalado en su mesa de noche. A los pocos segundos también perdió el conocimiento.
Despertó varias horas después en un centro de urgencia, donde se le comunicó que había sido víctima de una angina de pecho y que tuvo suerte de sobreponerse al dolor, y avisar a tiempo. En ese momento descubrió quién era el misterioso bulto que se había colado a su lado, probablemente si él no lo hubiese mantenido alerta a fuerza de miedo y diálogo, no habría sido capaz de pulsar el botón de pánico.
Después de esa experiencia, don Alonso repetía una y otra vez a quién quisiera escucharlo, - Puede ser que esté paranoico, pero soy un convencido de que es posible conversar con los órganos del cuerpo; yo lo hice con mi corazón enfermo en su momento y él, me salvo la vida, aunque claro, no fui capaz de reconocerlo. Su sobrina lo escuchaba y lo miraba burlona... Ahora era ella quien se reía de él.



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EL EXTRANJERO

Desde niño sintió esa extraña afición por mirar las estrellas. En los astros percibía un conocimiento oculto que esperaba por él. Tan extraño y oculto como esa tarde en que jugando en el patio trasero de su casa de infancia, se le abrió un gran ojo en el cielo, que nadie más vio. Nunca supo si lo soñó o si estuvo realmente ahí. Pero a propósito de su mirada, dejó tirado encima de las baldosas, su ejército de guerreros invencibles para salir corriendo por el sobresalto de la situación, con urgencia de permanecer escondido largos minutos que sin escasear sumaron fácil un par de horas.
Y de qué se puede esconder un niño – se cuestionaría ya de adulto. Pero en esa ocasión se colmó de imputable desnudez y deseos de fuga, mientras la fuerza del ojo irrumpió el silencio, persistiendo en el aire con una secuela de zumbidos.
Años después, sentado en la plaza una típica noche de pueblo, se le acercó un extranjero, hombre de carácter extrovertido, de vestimenta elaborada por alguna prestigiosa sastrería y una pequeña barbilla recortada con prolijidad. El recién llegado le comentó a propósito de nada, de los cambios climáticos que a veces se comportan tan volubles, de las nubes que en ese instante cubrían el cielo, y de ahí dio un giro inusitado al tema de las constelaciones y lo que representan para el hombre. Le habló por ejemplo del gran Aries – la cabeza del carnero – pionero y explorador impulsivo, abriéndose camino en la vida como líder, siempre en compañía de Marte – su regente – guerrero invencible de conquistas y supervivencia.
Después le comentó acerca de la Luna, que es madre y receptora de la energía solar – la conciencia divina – Es Luna del aprendizaje, del recuerdo y del inconsciente; reloj de vida, rigiendo las mareas, los fluidos de los seres vivos y otros líquidos.
El hombre se quedó junto a René varios años, quien a su vez recogió interminable información hasta aprender a dar lectura al cielo – el croquis de Dios según el extranjero– donde se encuentra dibujada la historia de la humanidad: como el nacimiento del hijo del Dios de los judíos, las grandes guerras, vidas ejemplares e inagotables sucesos pasados, presentes y futuros. El hombre le enseñó a René a develar de los astros, su propio diseño, aportando con su incesante vida de búsqueda, historia.
Un día, la partida del extranjero se hizo evidente. Se marcharía tras el rastro de una estrella que trazaba un recorrido de interés para el estudio.
Su amigo finalmente partió un día martes. A la salida del pueblo, le dio un abrazo cálido e intenso y se desvaneció bajo el estupor de su mirada triste.
René, después de un rato reaccionó, y advirtió que la búsqueda de esa estrella había tenido lugar hace poco más de dos mil años, - ¿con quién estudió entonces? - se preguntó. Y un ojo se abrió en el cielo como esa tarde en que jugaba con su ejército de guerreros invencibles.



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jueves, 5 de febrero de 2009

EL ESCRITOR

Desde el seno de las letras aparece el hombre enigmático; el sujeto que se transporta por ellas con la voz quieta y la mirada introspectiva. Se reconoce escritor de oficio y se denota por su actitud pasiva entre sus pensamientos reflexivos.
Al tanto, acoge expectante el inicio de sus aprendices, quienes lo observan con agudeza para develar sus secretos. Mientras el escritor se permite devorar el mundo en silencio y ejercer su talento.
Tiene aspecto de bonachón y prefiere vestirse de ideas más que de moda. Con ellas, le exprime a la humanidad las experiencias para devolverlas recicladas en páginas caudalosas de poesías como un intercambio justo para cualquiera que se sienta lector.
Le gusta dialogar con su talento aislado y así no ser intimidado por algún acecho que pueda penetrar sus sentidos. Al parecer la vida le ha enseñado que debe resguardar su desnudez de hombre; mostrarla al mundo es correr el riesgo de quedar herido y eso sumaría más peso en el alma de un artista.


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EL BOXEADOR


De niño soñó que sería boxeador. Hoy, a sus veinticinco años, se encuentra frente a su oponente en el ring. El hombre pone su mayor concentración para no cometer faltas, dar golpes limpios y hacer un buen trabajo defensivo. Stevens tiene la esperanza de salir campeón en la categoría “peso pluma” y entrar a competir en las próximas olimpiadas.
El púgil no otorga otro propósito a su existencia. Cuida hasta el más pequeño detalle en función de sus expectativas. Su cuerpo lo considera templo de sus recursos y cada cicatriz representa un trofeo a la resistencia y a la fuerza. Su voluntad se alimenta por la altivez que le permite sobreponerse al dolor en silencio. Y es que el hombre, no concibe otra forma de vida, aún sabiendo que su rostro transgrede el arte y su musculatura es esclava del exceso. Si miramos en su interior, se descubre al ser humano con hambre de reconocimiento. Stevens, no alcanza a percibirlo, él sólo piensa en el título que lo hará campeón de su patria y del mundo.



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EL ALMENDRO


Hace tiempo que Sara se alejó del centro de la ciudad. Ella se ubicó en un pedazo de tierra en una comuna austera y visiblemente campestre. Ahí se decidió a convivir con grandes nogales, paltos, almendros y eucaliptos. Éstos se enraizaban sin mayor resistencia a la tierra y al clima mediterráneo.
La casa estaba construida sobre unos gruesos y altos pilares de concreto, y desde sus ventanas se podía contemplar el frondoso ramaje de especies propias de la zona. Dos enormes perros eran los encargados de recorrer las tierras para evidenciar la llegada de algún intruso.
La cotidiana quietud del hogar era interrumpida cada fin de semana con la llegada de Felipe, el único hijo de la mujer. Este, cursaba segundo año en una escuela de danza moderna en provincia. Allí era destacado por ser un gran bailarín, de talento innato, desbordante de pasión y creatividad.
Ese viernes por la mañana, Sara ordenó de manera habitual la casa, y al rato se encaminó hacia un gran almendro ubicado frente a la pérgola. El árbol poseía características muy peculiares. Entrada la primavera, su floración se desbordaba de copiosidad, y más que un árbol, daba la sensación de estar observando una enorme hortensia. Luego, en el tiempo sepulcral del verano, su mayor orgullo sería esa tremenda carga de frutos dispuestos a ser ofrendados a Sara. La mujer conocedora de viejos secretos contados por los sabios, mantenía una afinidad muy particular con el viejo almendro. Le gustaba reconocerse en él y alimentarse de sus frutos como si fuese el árbol de la vida, aquel que habitó el paraíso de Adán y Eva. A la vez, ella lo apremiaba con sus emociones obsesivas, conversándole por horas sin darle una tregua. Y él, siempre confidente y compañero, le emitía desde su corteza extraños sonidos en respuesta, como si en su interior hubiese existido algún tipo de criatura oculta. Los diálogos entre el lenguaje verbal y los sonidos del madero se acrecentaban en intensidad hasta alcanzar una extraña nota vibratoria, un sólo sonido, un murmullo cálido y sutil, indivisible y sordo ante cualquier presencia ajena. Únicamente el sensitivo oído de Sara podía percibir el nexo entre ambos, y el almendro que no daba abasto de amor, se desbordaba cada vez más.
En aquella mañana de viernes otoñal, y momentos después de abrazar a su almendro para llenarlo de mimos, su cuerpo cayó víctima de un abatimiento que no entendió. Entonces, se sentó a los pies del árbol, y apoyó su espalda en el tronco para descansar en él. Más repuesta, se fué a su casa por el camino de maicillo. Al llegar, se preparó una ensalada surtida con verduras extraídas de su tierra, acompañada con un trozo de jamón ahumado, al tiempo que degustaba una copa de vino rosé. Recordó en aquel almuerzo, el abrazo intenso del que fue protagonista junto a esa sensación de inquietud reciente y que por la tarde no logró eliminar de su mente.
Entrada la noche, llegó Felipe en su automóvil, un modelo pequeño con varios años a cuesta, regalo que le hizo su padre tiempo atrás. El joven aún recordaba aquella compra de camaradería dos meses exactos antes de aquel espantoso accidente en la Harley Davison. En definitiva, el hombre había encontrado la muerte jugando con el reflejo de su hijo, como si la edad de Felipe, proyectada en él, le otorgara una segunda juventud. Era probable que su padre, cercano a los cincuenta años, hubiese tomado esa noche un whisky con hielo junto a sus amigos de encuerada vestimenta. La familia lo esperó inútilmente con un plato de comida que nunca fue servido.

Su esposa, ya en ese tiempo vivía obsesionada con el almendro, situación inducida supuestamente por el abandono marital. Ella, sin hacer una mirada interna, sólo podía identificarse como la víctima.
El joven estacionó su vehículo sumido en los recuerdos y bajó enseguida con su mochila de estudiante para encaminarse al hogar. En ese momento, fue interrumpido por los dos enormes perros que se acercaron a olfatearlo, tratando de adivinar de donde provenía. Felipe los acarició y entró a la casa en busca de su madre que estaba tendida sobre la cama, absorta en un libro de leyendas árabes. Se dirigió hacia ella con su típica actitud infantil, le depositó un beso generoso y luego se recostó a su lado cerrando los ojos hasta sumirse en algún sueño, contagiado por pasadizos con tapices de alfombras voladoras y genios milenarios.
El amanecer del sábado fue un día como cualquiera en la casa de los árboles - así solía llamarla su padre –. Era una mañana asoleada y los rayos se filtraban a través de los visillos entibiando la atmósfera interior. Felipe se levantó temprano al igual que su madre y después del desayuno se encaminaron abrazados en dirección del almendro. Al llegar al lugar, el joven trepó por el árbol para remecer las enormes ramas y sacar sus frutos. Entonces ocurrió que el almendro soltó sus raíces de la tierra, y éstas comenzaron a emerger como si una fuerza poderosa las hubiese arrancado, quedando diagonales al suelo. Sara, horrorizada corrió hacia su camioneta para apuntalar el árbol con el vehículo, y detener su caída. La mujer estaba consternada. Cuando logró arrimar el automóvil junto a él, el almendro se partió en dos, como si de la nada un rayo hubiese descendido sobre él. Sara, llena de angustia, fue en busca de unas gruesas cadenas que guardaba en la bodega con la intención de unir las dos partes, pero el peso de ellas superó sus fuerzas.
En un último intento, se dirigió a la casa desde donde llamó a Fermín, campesino encargado del predio, quizá el hombre sabría cómo enterrar nuevamente el almendro y unir su tronco dividido. Después de la breve conversación, se encaminó donde el agonizante en espera del lugareño. Al llegar, grande fue su sorpresa de ver el tronco cortado a ras de suelo, como si una sierra eléctrica lo hubiese cercenado.
Ya no habría primaveras en flor ni frutos enamorados para ella. Sara se abrazó a Felipe y le susurró con la voz reprimida - Primero fue tu padre, y hoy, el almendro. Voy a mandar a cortar todos los árboles de esta parcela - Y se quedó en silencio sin dar explicación, mientras Felipe resentía el peso de sus palabras.
Esa tarde, Fermín y algunos jornaleros dieron comienzo a la tarea de tala. El árbol de la vida había vuelto a su paraíso perdido, y los restantes murieron cortados en pocos días, mártires de las gladiadoras sierras. El cielo por esos días se mantuvo curiosamente oscuro, y tembló una y otra vez.
Sara vendió al poco tiempo la propiedad, aquella que no supo amar, lo mismo que a su esposo y a su almendro. La mujer en definitiva, nunca comprendió que el árbol había sido su segunda oportunidad de conocer el amor. Ahora sólo quedaba Felipe.



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EL PINTOR


Sentado sobre una silla de ancha compostura, el pintor apacigua las horas, bajo el cielo que vierte sus chubascos al atardecer. Las gotas ligeras resbalan por las ventanas de una habitación melancólica y el sonido penetra por sus reminiscencias que activan sus manos y las hace transitar noctámbulas entre pinceles, óleos y telas.
La silla se inclina bajo el peso de su espalda. El pintor ahora calla y el hombre recuerda y viaja en medio de sus vivencias antiguas y extraviadas.
Entonces, los minutos se acomodan y elongan como si fueran tantos y las vivencias se pasean sobre una pandereta gris junto a una carcomida casa de infancia, enclavada entre las ramas confidentes de los juegos, los escondites y una colección de insectario.
Cómo le duelen los años que regaló al olvido, y el tiempo que llegó oculto con el silencio, clausuró los postigos de la niñez, esos que alguna vez estuvieron abiertos a la luz de la mañana, a las amistades y a los lúdicos y traviesos cariños.
Entonces el hombre flecta sus piernas frente a una pequeña puerta escrita con antiguas promesas y en ella reconoce un ojal tramposo, que era el cómplice para ganar todo tipo de apuestas. De súbito, uno de sus ojos roza el trozo de madera y por el ojal abierto, se va con su pupila a navegar, en el sopor de la tardanza y el polvo, que se ha adherido en su pena. Cómo llora en su escondrijo, bajo el abrazo de una sombra con cara de niño y la lluvia que cae desde fuera, se esparce como un eco hasta penetrar sus arterias y dar rienda suelta al pulso generoso de sus yemas.
En un salón de obras maestras, hoy se remata un óleo. Impresa en la tela se observa una pandereta gris, al lado se encuentra un árbol y arriba una casa de infancia colándose entre las ramas. Ésta luce sus ventanas abiertas y sus postigos se hallan recogidos. Desde una de ellas, emerge el rostro de un niño con pecas, y de ahí mira el mundo que le espera, junto a la experiencia del viejo artista.



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DISGREGADOS


Josefa se fija al realizar su viaje diario por la estación del Metro en esas caras compulsivas que hacen del entorno una atractiva vitrina. Se fija en las miradas que se cruzan y huyen esquivas para dirigirse a un infinito ficticio, se pierden en una pared o en un letrero que no se ve ni se lee. Observa entonces los rostros mezquinos de sonrisas y miradas que también vitrinean pero de reojo y así no son atravesados por otras pupilas, que al igual que ellas, recorren los cuerpos a escondidas.
Y Josefa advierte cómo llegan los pensamientos, agudos, descorazonados, para quitarle al otro hasta la sombra si es posible. Las muecas que parecieran reírse delatan con sus comisuras los labios congestionados. ¿No será que llegó la envidia? Nadie la ha convidado, pero de igual modo aprisiona y encuentra. El deterioro de la vida se escapa en pedazos en medio de los pensamientos encorvados, disgregados de ternura. Y el viaje en Metro y los rostros son la misma cosa; hojas, miles de hojas de antecedentes de esas miles de miradas. Lo más seguro es que estén blancas de sueños no realizados, de formas no trazadas, de amores estrechos y Josefa se da cuenta que es tan difícil hacer esos recorridos en Metro, mejor es bajar la vista y llegar pronto a su destino.



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martes, 3 de febrero de 2009

DESPRECIO

El secuestro tuvo lugar frente a la antigua iglesia del pueblo, reconocida como patrimonio de la humanidad por su belleza arquitectónica de sólida construcción colonial. Ese día, las calles de adoquines fragmentados por el uso, se poblaron de campesinos que rodeaban la plaza del centro; lugar donde se ubicaron los puestos de artesanía aldeana con el anticipo de nuevas técnicas aprendidas en la capital.
Irrumpió el encanto campestre, un par de camionetas con una decena de sujetos armados y encapuchados, que en menos de dos minutos dieron muerte
a una veintena de lugareños y tomaron de rehenes a otros ocho hombres. Los gritos llenaron la atmósfera, y las gallinas que se vendían en la plaza saltaron cacareando en medio del correrío de pobladores que iban de un lado a otro con absoluta desorientación. Los guerrilleros se subieron a las camionetas con los rehenes y huyeron a gran velocidad disparando al azar entre el tumulto enajenado.
Los hombres secuestrados fueron acarreados como fardos, en dirección a la Sierra baja para ser ocultados en una zona de afloramiento rocoso, cercano al sector de los manglares. La superficie del terreno era bastante irregular e inhóspita, la humedad y los insectos se sumaban al medio ambiente haciéndolo más cruel. Ya ocultos los prisioneros, los guerrilleros se alejaron a su campamento de entrenamiento a medio kilómetro de distancia. Dos jóvenes casi pueriles se quedaron montando guardia con sus metralletas de hombres.
Al pasar los meses, los rehenes sin posibilidad de rescate y ya debilitados por la precariedad alimenticia y psicológica, murieron víctimas de la fiebre amarilla.
El jefe de los guerrilleros, un tal Marcos, que llevaba al menos quince años en la lucha armada, empezó a impacientarse de no alcanzar los efectos esperados, y planificó una nueva estrategia aún más cruenta con el sacrificio de un centenar de campesinos. Por esos días, Marcos decidió hacer una inspección para ultimar los detalles del escabroso ataque. Camino al pueblo se sintió tentado de desviarse en una bifurcación que llevaba a la casa de sus padres. No los había visto desde el día en que siendo un adolescente, se marchó a la revolución.
Sus progenitores lo recibieron entre abrazos y lágrimas ingenuas. Nunca supieron quién era su hijo. Ellos se negaron a reconocer aquella verdad que se revelaba entre rumores por toda la zona, soñando con el hijo como un hombre realizado en la capital.
El cabecilla de los guerrilleros, fue de niño el más callado de su grupo. Se levantaba temprano para ir a la escuela rural. Para estudiar, debía andar unos cuarenta y cinco minutos por el camino de la floresta, de ahí se sumaban otros muchachos e inventaban juegos para hacer más atractivo el trayecto, como ir tirando piedras a los cocoteros y afinar la puntería. Así paliaban con la entretención la arrolladora quemazón de la atmósfera. Marcos, que les seguía en silencio, siempre se manifestó como un niño retraído y con dificultad para expresar sus emociones. Desde esa distancia interna, miraba al grupo con cierto desdén, él, no sería otro pasivo jornalero de campo pasando miserias y tratos déspotas. Sus planes eran ser un revolucionario, que por esos días se gestaba con el desprecio que sentía hacia su gente. Él traería mejoras integrales y encauzaría la libertad social.
Ese mediodía, se abrazó de sus padres. Su madre aun ceñida al hijo se lamentó y llorando le dijo que su hermano estaba desaparecido desde hacía varios meses, él lleva puesto una cruz de plata que en el reverso dice “ Mi Salvación”. Marcos por primera vez en esos quince años se conmovió. Como les explicaría a sus viejos que uno de sus rehenes muertos por la fiebre amarilla llevaba una cruz de plata, que él era responsable de la desaparición de su hermano, que no lo había reconocido. Ese fue el único momento en que Marcos estuvo al otro lado de la revolución, sintiendo en su carne el dolor de una pérdida.



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